El impacto psicológico

La violencia escolar en Chile y la urgencia del aprendizaje socioemocional

En la última década, los episodios de violencia hacia profesores en Chile se han casi triplicado. Según cifras del Ministerio de Educación y la Asociación Chilena de Municipalidades, entre 2013 y 2023 los casos denunciados de agresiones físicas y verbales dentro de establecimientos educacionales aumentaron un 187%, siendo los docentes de enseñanza básica y medios los más afectados. 

Solo en 2024, el Colegio de Profesores reportó más de 1.200 casos de violencia grave, incluyendo agresiones físicas, amenazas y hostigamiento. Detrás de estas cifras hay una crisis emocional profunda que no solo afecta a los estudiantes, sino también a los educadores, quienes se ven expuestos a altos niveles de estrés, ansiedad, burnout y, en muchos casos, trastornos de estrés postraumático (TEPT) luego de sufrir episodios violentos.

Un fenómeno multifactorial: estrés social, desconexión emocional y cambios en la crianza.

Desde la psicología educativa, los expertos coinciden en que las agresiones hacia los docentes son un síntoma de un sistema relacional deteriorado. La psicóloga educativa y directora ejecutiva de la fundación «Eventuras» Francisca Sáez señala que, tras la pandemia, muchos niños y adolescentes perdieron dos años de socialización presencial, afectando directamente el desarrollo de habilidades como la empatía, la tolerancia y la resolución de conflictos.

«Los niños aprendieron a convivir a través de pantallas, con padres ausentes o sobreprotectores. Esa combinación genera impulsividad, irritabilidad y baja tolerancia a la frustración», explica Francisca. “El aula se convierte, entonces, en el primer espacio donde esa carencia relacional se manifiesta”.

Sáez añade un componente estructural: la falta de programas sistemáticos de educación emocional en el currículum nacional. “Tradicionalmente se ha pensado que el rol del colegio es solo enseñar lo académico, pero ¿qué sentido tiene que los niños sepan sumar y restar si no saben convivir, respetar o relacionarse?”, plantea.

El impacto psicológico de la violencia escolar en los profesores es alarmante. Un estudio de la Universidad de Santiago (2023) detectó que uno de cada tres docentes que ha sufrido agresión física presenta síntomas compatibles con estrés postraumático, y el 68% reconoce haber pensado en dejar la profesión tras un episodio de violencia.

“Cuando un espacio educativo deja de ser seguro, se rompe el vínculo de confianza”, explica Sáez. «Un profesor que ha sido golpeado necesita salir del entorno, recibir apoyo terapéutico y, sobre todo, que la comunidad educativa intervenga para reparar el daño colectivo. No basta con castigar al agresor; se debe trabajar con toda la comunidad».

El fenómeno, además, se profundiza en contextos de alta vulnerabilidad social, donde la violencia del entorno —narcotráfico, pobreza, abandono parental— se traslada al aula. En estos casos, los profesores no solo deben enseñar, sino también contener emocionalmente, mediar conflictos y sostener estructuras familiares frágiles.

De la reacción a la prevención: cómo la educación socioemocional puede cambiar el rumbo

Frente a este escenario, «Eventuras» ha impulsado programas como “Increíblemente” y “Second Step”, basados ​​en evidencia internacional, que buscan enseñar habilidades como la empatía, la autorregulación emocional y la resolución pacífica de conflictos desde edades tempranas.

Uno de los casos más emblemáticos ocurrió en un colegio de alta vulnerabilidad donde —según Sáez— niñas de kínder habían agredido a sus profesoras. «Implementamos un programa de habilidades socioemocionales y, al cabo de un año, ya no tenían incidentes graves. Hoy casi no presentan conflictos de convivencia», relata.

Estos programas no solo apuntan a los estudiantes, sino también al bienestar docente. «Los profesores necesitan herramientas para vincularse emocionalmente con sus alumnos y cuidar su propia salud mental. Un docente con habilidades emocionales es un modelo positivo para sus estudiantes y puede cambiarles la vida», enfatiza Sáez.

Un llamado urgente: políticas públicas y cultura del cuidado

Desde el ámbito público, el desafío sigue siendo instalar el aprendizaje socioemocional como eje estructural del sistema educativo chileno. Sáez propone que este tipo de formación sea obligatoria desde la primera infancia: “Si enseñamos empatía y manejo emocional desde la sala cuna, prevenimos la violencia antes de que ocurra”.

El Colegio de Profesores ha solicitado al Ministerio de Educación la creación de un Protocolo Nacional de Intervención en Crisis para docentes víctimas de violencia, que incluya medidas de atención psicológica, acompañamiento legal y de protección dentro de los establecimientos. Sin embargo, hasta 2025, solo el 22% de los municipios cuenta con un plan de apoyo integral.

Sáez advierte que la solución no pasa por soportar las sanciones, sino por reconstruir los vínculos entre los actores escolares. «No se trata de castigar más, sino de humanizar la educación. Padres, profesores y directivos deben remar hacia el mismo lado. Hoy los docentes están asustados, no indiferentes. Y eso muestra que todavía hay esperanza».

Para los profesores que han sufrido agresiones, el mensaje de Sáez es claro: «No estás solo. Nadie te juzga. Hay organizaciones que quieren apoyarte y cuidar tu bienestar. El sistema te necesita».

La violencia en las aulas chilenas no es solo un problema disciplinario: es un síntoma emocional de una sociedad fracturada. Reconstruir el tejido afectivo desde la escuela —a través del aprendizaje socioemocional, la empatía y la cooperación— parece ser la única vía posible para sanar, proteger y revalorizar la profesión docente.