El costo oculto de enseñar: Violencia Escolar en Chile
La agresión a Miguel Niño fue un caso que estremeció al país y motivó a crear el proyecto de Ley de Convivencia Escolar: esta iniciativa apunta a promover una forma de gestión para que las comunidades educativas sean espacios de protección y bienestar, fomentando acciones eficientes que ayuden a prevenir y erradicar cualquier tipo de acoso, violencia y discriminación al interior de los establecimientos, este proyecto prometió transformar la relación escolar en las comunidades educativas. Pero a un año del hecho, la violencia ha ido en alza y los cambios para combatir esto no han sido del todo exitosos.
El 30 de octubre de 2023, el profesor Miguel Niño fue brutalmente agredido por un alumno del Centro Educacional de San Ramón tras una reunión en la que se informó la repitencia del estudiante. El ataque le provocó graves fracturas faciales y obligó a una cirugía de urgencia. Un año después, el agresor fue condenado a dos años de internación en régimen semicerrado, en un fallo histórico por tratarse de la primera condena en Chile contra un alumno por agredir a un docente.
La agresión dejó profundas secuelas físicas y emocionales, además de una fuerte sensación de abandono institucional. Pese a ello, y con el apoyo de su familia, el profesor decidió continuar en la docencia y denunciar el hecho, lo que permitió visibilizar la violencia escolar. Su historia es hoy un llamado a no normalizar estas agresiones y a reconocer y proteger los derechos de los profesores.
“Creo que no estaban preparados para una situación como esta”, relata Miguel Niño, el profesor de matemáticas agredido en el Liceo San Ramón . “Llamaron a la Asociación Chilena de Seguridad (ACHS) , pero lo que me dicen es que profesores y alumnos quedaron en shock. A pesar de eso, se ordenó continuar con las clases como si nada hubiera pasado”.
Ningún representante del Ministerio de Educación se acercó. El colegio no emitió un comunicado oficial que reconociera la gravedad de esta agresión escolar. Nadie, excepto su esposa, impulsó la búsqueda de justicia.
Pasaron cinco meses antes de que se dictara una sentencia histórica por violencia escolar: el estudiante fue condenado a dos años en régimen semicerrado, bajo el Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente.
La primera sentencia penal en Chile por una agresión escolar cometida por un alumno contra un docente en el aula marcó un hito en la historia de la violencia hacia los profesores. Fue un antes y un después para el sistema educativo, pero también abrió una pregunta clave: ¿realmente cambió algo?
El fenómeno de la violencia escolar ejercida por estudiantes hacia profesores en Chile no surge de forma aislada, sino que se fundamenta en una creciente tensión social y el deterioro de las relaciones de autoridad en los establecimientos educativos.
Aunque el año 2023 marcó un punto de inflexión por una agresión con consecuencias legales sin precedentes, los datos y testimonios previos evidencian una tendencia preocupante que durante años ha generado malestar en el magisterio y las comunidades escolares.
La denuncia legal del profesor Miguel Niño, ocurrida en el colegio de San Ramón, sirvió como catalizador que expuso las fallas del marco regulatorio educativo y activó un debate nacional. Esa discusión culminó en una respuesta legislativa masiva. Sin embargo, para entender la trascendencia del caso, es necesario revisar el contexto previo, marcado por un aumento sostenido en la incidencia y gravedad de las agresiones escolares.
Los datos oficiales revelan una tendencia preocupante. Solo en 2023, se registraron 266 casos de agresión directa contra profesores en Chile. Esta cifra, por sí sola, refleja la existencia de un problema sistémico en la convivencia escolar.
Más allá de los incidentes físicos, las cifras cualitativas ofrecen una imagen sombría del clima escolar. Según un informe del Colegio de Profesoras y Profesores de Chile, una abrumadora mayoría de los docentes ha sido víctima de algún tipo de hostigamiento.
Estos datos no son un conjunto aislado de anomalías, sino la realidad cotidiana de casi nueve de cada diez profesores en Chile.
El caso de Andrea Romero, profesora del Centro Educativo Florida en Valparaíso, refleja de manera cruda esta problemática. En septiembre de 2022, fue agredida básicamente después de haber denunciado casos de maltrato escolar, frente a los cuales ya venía recibiendo amenazas desde el 2020.
Este panorama de violencia escolar de baja intensidad y constante desvalorización del rol docente se entrelaza con una percepción generalizada de debilitamiento de la autoridad pedagógica. En muchos casos, los profesores en Chile no solo enfrentan agresiones físicas o verbales, sino también un desdén institucionalizado hacia su función como líderes y referentes educativos dentro del aula. Dicho escenario constituye un terreno fértil para que surjan conflictos escolares más graves. El ministro de Educación, Nicolás Cataldo, ha reconocido públicamente esta realidad.
Tras este diagnóstico sobre el panorama actual, y en respuesta a una agresión sufrida por una profesora en la Región de Ñuble en marzo de 2025, Cataldo hace un llamado urgente para acelerar la tramitación de una nueva ley. De acuerdo con el Ministro, la crisis no es un hecho aislado, sino una crisis estructural que requiere una intervención profunda y sostenida. Las respuestas del Estado a estos hechos, como la reunión entre el delegado presidencial de Ñuble y el seremi de Educación con la comunidad de Trehuaco, demuestran que las autoridades tomaron nota de estos eventos. Sin embargo, hasta 2023, el Estado carecía de las herramientas legales necesarias para actuar de manera integral y efectiva.
Antes de la reforma impulsada por el Ejecutivo, el marco legal estaba fragmentado y limitado. La Ley General de Educación (Ley N°20.529) era el pilar normativo, pero contenía lagunas significativas. Para abordar específicamente la violencia, se recurrió a otras leyes, como la Ley N°20.536, promulgada en 2011.
La Ley de Convivencia Escolar, impulsada por un grupo bipartidista de senadores, buscó fortalecer la vida escolar mediante la introducción de conceptos como “buena convivencia” y “acoso escolar”. Además, estableció que los centros educativos deben contar con un encargado de convivencia escolar y, en caso de no tener Consejo Escolar, deben conformar un Comité de Buena Convivencia Escolar.
Si bien significó un avance, su alcance era limitado. No abordaba situaciones de violencia física grave contra docentes ni establecía mecanismos de fiscalización efectivos para la Superintendencia de Educación.
Además, su enfoque era principalmente preventivo y organizacional, dejando en segundo plano la dimensión penal y la protección laboral específica del profesorado frente a agresiones de estudiantes o apoderados.
Por lo tanto, cuando ocurrió la agresión al profesor Niño, la sociedad y el propio sistema educativo se enfrentaron a una paradoja: había leyes para regular la convivencia, pero ninguna que equipara la seguridad de un educador en su centro de trabajo con la de cualquier otro trabajador frente a un ataque físico. Esta brecha legal es precisamente lo que la nueva legislación busca cerrar.
El caso Miguel Niño como precedente jurídico en la violencia escolar
El 2023 se erige como un hito no solo por la cantidad de agresiones reportadas, sino por un hecho singular: la primera condena en la historia de Chile de un estudiante por golpear a un profesor. Este precedente, centrado en el caso del profesor Miguel Niño en el Colegio de San Ramón, trascendió con creces el ámbito judicial para convertirse en un poderoso catalizador.
Fue el punto de inflexión que demostró, de manera irrefutable y pública, que la violencia contra los docentes no era un simple conflicto de convivencia escolar , sino un delito real con consecuencias penales.
Este evento actuó como un imán, concentrando la frustración acumulada de la comunidad educativa y exigiendo una respuesta estatal contundente y estructural. La condena judicial no fue solo un fallo legal; se transformó en una sentencia simbólica que validó las experiencias de los profesores y legitimó la demanda de cambios profundos en el sistema educativo chileno .
El impacto del caso se reflejó rápidamente en el discurso y las acciones del gobierno. El Ministerio de Educación (Mineduc), bajo la dirección del ministro Nicolás Cataldo, comenzó a priorizar la lucha contra la violencia escolar en su agenda.
El ministro conversó con nosotros y señaló: “No solo es necesario aplicar sanciones severas a los agresores, pero estas medidas individuales no son suficientes para contener la escalada de la violencia escolar. La condena del estudiante demuestra que el sistema de justicia penal puede actuar, pero no resuelve el problema sistémico que permite que estos actos de violencia contra los docentes sigan ocurriendo”.
El Mineduc respondió con una iniciativa legislativa de gran envergadura, presentando el proyecto de ley sobre convivencia, buen trato y bienestar de las comunidades educativas (Boletín N°16901-04) el 5 de junio de 2024. Esta iniciativa no buscaba simplemente endurecer las penas, sino crear un nuevo paradigma regulatorio para la gestión de la convivencia escolar, basado en la previsibilidad, la responsabilidad institucional y la protección del personal docente.
La reacción del Congreso fue inmediata y de amplio espectro. El proyecto se ingresó con suma urgencia el 5 de junio de 2024, lo que evidencia la alta prioridad otorgada al tema. La tramitación fue veloz: la Cámara de Diputados lo aprobada en general y en particular en septiembre de 2025, enviada al Senado para su segunda instancia legislativa.
Este rápido proceso contrasta con la lentitud habitual de la política parlamentaria y refleja la presión ciudadana y la coincidencia ideológica sobre un tema tan sensible. Durante el debate, legisladores de diferentes bancadas, incluyendo a José Miguel Insulza, Carmen Gloria Aravena, Claudia Pascual, Yasna Provoste, Esteban Velásquez y Juan Ignacio Latorre, coincidieron en la necesidad de soluciones concretas y urgentes.
Además del marco legal, el caso tuvo un profundo impacto en la percepción pública y en la confianza de los profesores. Al demostrar que la justicia podía llegar a un agresor estudiantil, se rompió el ciclo de impunidad que muchos consideraban inherente al sistema educativo.
Esto generó un espacio político para discutir otros aspectos del problema, como el bienestar socioemocional del profesorado y la necesidad de recursos para implementar los nuevos protocolos. La opinión pública, que a menudo veía los conflictos entre profesores y alumnos como parte del folklore de la escuela, fue confrontada con la realidad de la criminalización de la violencia docente.
Este cambio en el discurso público fue fundamental para que la propuesta legislativa encuentre apoyo más allá de los sectores puramente educativos.
El caso Niño, por lo tanto, no solo marcó un hito legal, sino que sirvió como el detonante de un proceso de transformación cultural y regulatoria que sigue en curso.
Análisis del Proyecto de Ley de Convivencia, Buen Trato y Bienestar en el sistema educativo chileno
En respuesta a la crisis de violencia escolar, el Gobierno de Chile ha impulsado una reforma legislativa sin precedentes en la historia reciente del sistema educativo. Conocido como el proyecto de Ley sobre Convivencia, Buen Trato y Bienestar de las Comunidades Educativas, este texto representa un esfuerzo por construir un marco regulatorio integral y multifuncional diseñado para erradicar la violencia, mejorar el clima y proteger a todos los miembros de la comunidad educativa, con un énfasis especial en la seguridad y el bienestar del personal docente y de apoyo.
A partir de septiembre de 2025, el plan se encuentra en su segundo trámite constitucional en el Senado, habiendo superado exitosamente la comisión de Educación, donde fue aprobado en general por unanimidad, y avanzando hacia una votación final en la sala. A continuación, se presenta un análisis detallado de sus principales componentes.
El núcleo del proyecto es la creación de nuevas figuras y el fortalecimiento de roles existentes para gestionar la convivencia de forma profesional y proactiva. Una de las novedades más importantes es la obligación para todos los establecimientos educativos con Reconocimiento Oficial de contar con un Coordinador de Convivencia Educativa.
Este profesional, quien debe tener un perfil idóneo en psicología o educación, tendrá dedicación exclusiva y jornada completa, lo que supone un cambio significativo respecto a roles anteriormente semi-voluntarios o con menor carga horaria.
El objetivo es profesionalizar la mediación y el manejo de conflictos dentro de la escuela. De manera similar, se obliga a todos los establecimientos a formar un Consejo Escolar, cuya función en la elaboración del Plan de Gestión de la Convivencia Educativa será resolutiva, asegurando una mayor transparencia y participación comunitaria.
Se actualizan también los reglamentos internos, que deberán incorporar protocolos actualizados de acuerdo a la Política Nacional de Convivencia Educativa, y se modifica el Estatuto de los Profesionales de la Educación para reconocer explícitamente el derecho de los docentes a trabajar en espacios seguros y libres de violencia.
A continuación, se presenta una tabla comparativa de las disposiciones clave del proyecto y la ley anterior, la Ley N°20.536, para contextualizar la profundidad de la reforma.
Un aspecto crucial del proyecto es su enfoque en la violencia laboral. Las agresiones de estudiantes o apoderados contra profesionales o miembros del establecimiento violencia laboral por terceros, una categoría que ampara a los trabajadores del Código del Trabajo. Esta definición es paradigmática, ya que sitúa a la escuela en el mismo plano que cualquier otra empresa en cuanto a la obligación de garantizar un entorno seguro.
El proyecto va más allá, exigiendo que los sostenedores no solo prevengan estos hechos, sino que además deben proporcionar asistencia jurídica a los docentes afectados por delitos cometidos por estudiantes o terceros, y tienen la obligación de denunciar dichos sucesos ante la justicia conforme al artículo 175 del Código Procesal Penal.
Además, se establece el deber de todos los adultos en la comunidad educativa de informar sobre cualquier hecho de acoso o violencia, y se exige a los establecimientos que adopten protocolos específicos contra estos hechos en el trabajo.
Finalmente, el proyecto busca fortalecer la autoridad pedagógica y mejorar los derechos de los trabajadores de la educación. Refuerza los estatutos laborales y los procedimientos para calificar enfermedades profesionales por estrés laboral, un problema endémico en el magisterio chileno.
También se compromete a realizar un Plan Nacional de Acción de Convivencia Educativa, lo que indica una intención de dotar al sistema de herramientas y programas sistemáticos para la prevención.
A pesar de su ambiciosa agenda, el proyecto ha sido objeto de críticas, principalmente por la falta de asignación de recursos económicos para financiar la implementación de estos nuevos roles y protocolos.
Sin embargo, su avance legislativo y su contenido integral demuestran un cambio de paradigma definitivo en la forma en que el Estado chileno piensa y actúa frente a la violencia en las escuelas.
Limitaciones estructurales y desafíos de implementación del nuevo marco legal
A pesar del respaldo unánime y la rápida tramitación que ha recibido el proyecto de Ley de Convivencia, Buen Trato y Bienestar, su camino hacia la promulgación y efectividad no está exento de críticas y desafíos significativos.
La evaluación del texto legislativo, tanto desde el sector público como en organizaciones civiles y expertos, revela preocupaciones estructurales que podrían comprometer su implementación y su capacidad para abordar el problema desde la raíz.
Los principales puntos de controversia giran en torno a la ausencia de financiamiento, la posible carga regulatoria sobre los establecimientos, la omisión de ciertos problemas sociales clave y la persistencia de dudas en cuanto a la eficacia de las nuevas medidas sin un cambio cultural profundo.
“Un proyecto necesario… pero sin sustento real”
Robinson Pérez, magíster y asesor en convivencia escolar, advierte que la iniciativa que busca fortalecer la convivencia educativa presenta serias falencias. «Se crea la figura del encargado de convivencia pero no se asignan recursos humanos ni financieros. ¿Cómo se implementará sin presupuesto?, cuestionó. Además, señala que las oficinas de protección de derechos y los canales de denuncia ya se encuentran saturados, lo que podría dejar sin atención adecuada a estudiantes con problemas de salud mental.
Para Pérez, otro riesgo es la reglamentación excesiva que puede llevar a judicializar conflictos menores, alejando la resolución pedagógica. Si bien valora la protección a los docentes, advierte que el aumento de denuncias podría colapsar el sistema judicial y desgastar aún más los equipos de convivencia. “Necesitamos leyes claras y efectivas, pero también recursos, límites definidos y estrategias que no sobrecarguen el entorno escolar”, concluye.
Uno de los reclamos más consistentes y fundamentales proviene de organizaciones como Libertad y Desarrollo. La crítica central es que el proyecto, al igual que otras iniciativas gubernamentales, impone nuevas obligaciones a sostenedores y directivos sin asignar los recursos financieros necesarios para cumplirlas.
La creación de un cargo con dedicación exclusiva y jornada completa, como el Coordinador de Convivencia Educativa, requiere una inversión presupuestaria considerable. Si los establecimientos deben asumir estos costos, podría generar una inequidad estructural entre los liceos de zonas con mayores recursos y sectores más vulnerables.
Aunque el proyecto permite usar fondos de la Subvención Escolar Preferencial (SEP) para financiar este puesto, esta opción no cubre la totalidad de los gastos asociados a la implementación de un plan integral de convivencia, como capacitaciones, materiales y tiempo de los equipos directivos.
Esta «carga regulatoria sin financiamiento» es vista como un obstáculo crítico, que podría dejar a muchos establecimientos incapacitados para aplicar la ley, convirtiéndola en un instrumento declarativo más que en una herramienta efectiva de intervención.
Otra línea de crítica se enfoca en el contenido específico del proyecto. Expertos de la Confederación de Padres y Apoderados de Colegios Particulares y de la Escuela Educación Emocional CECE advirtieron sobre posibles efectos adversos de algunas disposiciones, aunque las naturalezas de estas advertencias no se especifican en los documentos.
Además, la eliminación de ciertos artículos en la Cámara de Diputados ha generado polémica. Por ejemplo, se rechazaron normas que exigían la inclusión de contenidos mínimos legales en los reglamentos internos relacionados con la diversidad de identidades originarias, sexoafectiva y de género.
De manera similar, se eliminó la obligación de crear «espacios de autocuidado» en los colegios. Estas decisiones han sido interpretadas como una debilitación del enfoque inclusivo y preventivo del proyecto, privilegiando la gestión reactiva del conflicto negativos que en la construcción de una cultura escolar positiva y respetuosa.
En esta línea, Francisca Sáez, directora ejecutiva de Eventuras, organización dedicada a programas de aprendizaje socioemocional, enfatiza que la prevención es clave para frenar la violencia escolar: «Intervenir en programas preventivos no quita tiempo, lo optimiza. La violencia física casi siempre viene precedida por señales verbales, por eso contar con protocolos de alerta antes de llegar a casos extremos como el de Miguel Niño es fundamental».
Críticas al enfoque del Proyecto de Ley de Convivencia Escolar: ¿es suficiente para abordar la violencia en las aulas?
Algunos observadores señalan que, al centrarse casi en su totalidad en la disciplina interna de la escuela y la creación de nuevos cargos, el proyecto tiende a externalizar problemas, atribuyendo la violencia principalmente a la discriminación y factores sociales externos.
Esta perspectiva, aunque compartida por el ministro Cataldo, ha sido cuestionada por quienes argumentan que la violencia escolar es un fenómeno multidimensional que no puede ser reducido a un único factor.
Al no abordar directamente la falta de autoridad docente o los problemas de autorregulación en las familias, el proyecto corre el riesgo de instalar una serie de «máquinas» de gestión de conflictos sin modificar las conductas que alimentan estos conflictos.
Un ejemplo de esto es el de Sebastián del Canto, Coordinador Comunal de Convivencia Escolar de la Corporación Educacional de Quinta Normal, quien supervisa 22 establecimientos educativos y se encarga de que las decisiones de las comunidades educativas estén alineadas con la normativa vigente, además de acompañar frente a situaciones complejas que involucren a estudiantes o apoderados.
Para manejar episodios de violencia verbal y amenazas, tanto de estudiantes como de apoderados, la corporación cuenta con un protocolo transversal que establece cómo actuar en todos los colegios. Este incluye la inhabilitación temporal de apoderados agresivos, reemplazo por otro responsable del entorno del alumno y, si las conductas persisten, la denuncia ante la fiscalía. Del Canto destaca que estas conductas reflejan una violencia estructural ligada al contexto social y familiar de los estudiantes.
Finalmente, persisten dudas sobre la eficacia de los nuevos protocolos sin un cambio cultural previo. El proyecto exige la formación docente en habilidades socioemocionales y la vinculación con las familias, pero esto lleva tiempo y requiere un esfuerzo concertado.
Existe el temor de que, si los estudiantes siguen percibiendo una baja probabilidad de consecuencias reales por sus actos violentos, los nuevos protocolos de denuncia y procedimientos disciplinarios podrían ser ignorados.
“Siento miedo de que esto vuelva a ocurrir porque no hay protocolos claros ni protección real para los docentes; sin consecuencias firmes, culturizar agresión puede repetirse”, afirma Miguel Niño.
La experiencia internacional sugiere que la implementación exitosa de políticas de convivencia requiere un consenso social amplio y una coherencia entre las normas escolares y las expectativas de los padres y la sociedad. En este sentido, el éxito del proyecto de ley de Chile dependerá no solo de su aprobación formal, sino de la capacidad del Estado para acompañarlo con campañas de sensibilización, recursos y un verdadero cambio en la percepción pública de la figura del profesor como una autoridad respetable e inviolable.
Existen programas de prevención de violencia escolar que pueden ser efectivos si se implementan de manera coherente y adaptada al contexto local. Por ejemplo, el programa Olweus de Prevención del Acoso Escolar, aplicado en Noruega y Estados Unidos, logró reducir entre un 35% y un 45% los casos de acoso, además de aumentar la empatía entre los estudiantes y sus profesores, gracias a la participación de toda la comunidad escolar. De manera similar, el programa Escuelas Seguras/Saludables en Estados Unidos demostró que en cinco años, el 90% del personal obtuvo una disminución de la violencia en el campus y casi el 80% reportó mejoras en la seguridad comunitaria.
Otro ejemplo es Green Dot, en Kentucky, que capacita a los estudiantes para intervenir como testigos frente a la violencia sexual, reduciendo en un 12% la victimización y promoviendo comportamientos proactivos de prevención. En Uganda, el Good School Toolkit, adaptado por la ONG Raising Voices, logró disminuir comportamientos violentos y aumentar la participación estudiantil, destacando la importancia de adecuar las intervenciones al contexto cultural y social. En conjunto, estos casos muestran que el éxito de las políticas de convivencia escolar depende de la capacitación continua, la sensibilización de la comunidad educativa, la participación activa de docentes, estudiantes y familias, y el compromiso integral del sistema escolar.
Comparación de casos de violencia escolar y políticas públicas en Chile
Para evaluar la trascendencia del nuevo marco legal, es instructivo comparar la respuesta a la violencia docente antes y después del caso Niño, examinando cómo distintos incidentes han influido en la opinión pública y en el diseño de políticas educativas.
Esta comparativa revela una evolución clara desde una gestión descentralizada y, en muchos casos, insuficiente de los conflictos, hacia un enfoque centralizado, legislativo y de largo alcance. Mientras que casos individuales como el de Andrea Romero o las agresiones posteriores en Trehuaco servían para visibilizar el problema y activar las respuestas locales o ministeriales, fue el primer veredicto penal contra un estudiante el que cristalizó el consenso de que la solución requería una reforma estructural.
Antes de 2023, la respuesta a la violencia contra los docentes variaba enormemente según el establecimiento y la región.
El caso de Andrea Romero, por ejemplo, aunque documentado y significativo, fue tratado como un incidente aislado dentro de un contexto de hostigamiento generalizado. No existió una respuesta nacional coordinada, ni se planteó una reforma legislativa de gran alcance. Las herramientas disponibles eran las previstas en la Ley N°20.536 , que tenían un carácter principalmente administrativo y no punitivo.
La violencia se gestiona internamente a través de consejos escolares o comités de convivencia, con sanciones que iban desde la suspensión hasta la expulsión, pero sin un marco claro para la denuncia penal de agresiones físicas graves. La percepción era que los profesores debían «sobrellevar» estas situaciones como parte de su rol, lo que contribuyó a un clima de resignación, normalización de la violencia y falta de protección.
Con el surgimiento del nuevo proyecto de ley, varios casos posteriores se convirtieron en referentes emblemáticos que reforzaron la urgencia de la reforma.
La agresión a una profesora en el Liceo Bicentenario de Excelencia de Trehuaco, en la región de Ñuble, en marzo de 2025, es un ejemplo paradigmático de esta dinámica. Este incidente no solo provocó una rápida respuesta ministerial, con la investigación de oficio de la Superintendencia de Educación y la presencia de autoridades regionales para apoyar a la comunidad, sino que también sirvió como un argumento, político y técnico para acelerar la tramitación del proyecto de ley.
El caso pasó a ser citado junto a otros, como el de Katherine Yoma, para sustentar la necesidad de un marco legal robusto. De esta manera, la violencia individual se utiliza para justificar una solución colectiva y de alcance nacional.
Una de las diferencias clave entre la respuesta anterior y la actual es el reconocimiento explícito de la violencia laboral.
Mientras que en el pasado las agresiones eran abordadas principalmente como un problema de indisciplina estudiantil, hoy son clasificadas formalmente como violencia en el trabajo. Esta redefinición conceptual es fundamental, ya que modifica la naturaleza de la responsabilidad institucional. Antes, el sostenedor tenía una responsabilidad moral y pedagógica; ahora, enfrenta una obligación legal concreta para con sus trabajadores, derivada del Código del Trabajo.
Esto significa que la escuela puede ser demandada civilmente no solo por el daño físico al profesor, sino también por el incumplimiento de sus deberes de seguridad. Esta distinción implica un cambio de nivel de abstracción jurídica, que transforma radicalmente el riesgo legal para los establecimientos educativos.
Por último, la comparación con iniciativas paralelas, como la moción parlamentaria impulsada desde el ámbito estudiantil, muestra una polarización de enfoques frente a la violencia escolar.
Mientras que el proyecto del Ejecutivo busca una reforma integral y multifuncional, la moción estudiantil opta por un enfoque más punitivo y focalizado, proponiendo penas de prisión mayor para agresiones a profesores . Esta propuesta, que busca eliminar la mediación penal y la suspensión condicional del procedimiento, representa una concepción de justicia más tradicional y retributiva.
La diputada de Renovación Nacional, Marcia Raphael advirtió sobre el aumento de la violencia en los colegios y su impacto en la educación: “Desde violencia como peleas, armas blancas, disparos… la verdad es que es una preocupación constante, porque va en desmedro de la calidad de la educación y sentimos que estamos en una crisis educativa que viene hace bastante tiempo, pero esto viene creciendo”.
La diferencia entre ambos proyectos es profundamente simbólica y política: mientras uno busca transformar el sistema desde sus bases (la iniciativa del Ejecutivo), el otro apunta a endurecer las reglas dentro de un sistema que aún se percibe como frágil (la moción estudiantil).
La eventual convergencia o divergencia entre estos dos enfoques en el Senado será determinante para el futuro de la convivencia escolar en Chile. En cualquier escenario, la evolución desde una respuesta fragmentada a la violencia individual hacia una reforma estructural de alcance nacional, como la que propone el proyecto de ley, marca un punto de inflexión irreversible en la política educativa chilena.
Actores clave en la convivencia escolar en Chile: Estado, colegio y sociedad civil
La reforma de la convivencia escolar en Chile no es una iniciativa unilateral del Estado, sino el resultado de un complejo interjuego de actores, cada uno con intereses, capacidades y límites distintos.
La eficacia de la futura ley dependerá de la colaboración y la adaptación de todas las partes involucradas: el Gobierno y el Congreso, los sostenedores y directivos de los colegios, los profesores, los estudiantes y la sociedad civil.
Cada uno de estos grupos tiene un rol definido en el nuevo paradigma, y sus acciones u omisiones determinarán si la ambiciosa legislación se traduce en una mejora tangible del clima escolar.
El Gobierno y el Congreso son los protagonistas de la reforma legislativa. El Ministerio de Educación ha sido el motor de la iniciativa, liderado por el ministro Nicolás Cataldo, quien ha mantenido un discurso firme y consistente sobre la necesidad de terminar con la impunidad y fortalecer la seguridad en las escuelas.
Su gestión ha sido caracterizada por una alta agilidad en la tramitación del proyecto, lo que demuestra una voluntad política clara.
El Congreso Nacional, por su parte, ha respondido con un alto grado de consenso, especialmente en la Comisión de Educación del Senado, donde el proyecto fue aprobado en general por unanimidad. Esta unidad transversal resulta clave para superar las barreras partidistas y centradas en una problemática que afecta a toda la sociedad. Sin embargo, el Congreso también asume la responsabilidad de afinar el proyecto, como se evidencia en las sesiones de particular donde se reciben indicaciones de los senadores y se debaten las críticas de la sociedad civil.
Los sostenedores y directivos de los establecimientos pasarán a ser los principales ejecutores de la ley. El proyecto les impone obligaciones significativas, como la creación y funcionamiento del Consejo Escolar, la elaboración del Plan de Gestión de la Convivencia, designar un Coordinador de Convivencia Educativa y, esencialmente, garantizar un entorno de trabajo libre de violencia.
El principal desafío para estos actores será cumplir estas responsabilidades sin un financiamiento asegurado, lo que pone en tensión la viabilidad real de la reforma. El éxito dependerá de la capacidad de los sostenedores para disponer de recursos humanos y financieros adecuados.
La forma en que los equipos directivos asuman este nuevo rol será determinante: si se percibe como una oportunidad de profesionalización o como una carga burocrática adicional, marcará la diferencia entre una implementación efectiva y una aplicación meramente formal
El Colegio de Profesoras y Profesores de Chile ha sido un aliado estratégico clave del proyecto. Su presidente, Mario Aguilar, ha valorado la iniciativa como una herramienta fundamental para enfrentar la violencia escolar, participando activamente en audiencias parlamentarias para defender aspectos centrales como el fortalecimiento de la autoridad pedagógica y la protección frente a la violencia laboral.
“Nosotros planteamos en una de nuestras agendas cortas sobre la protección de trabajadores y trabajadoras y es parte también de lo que la ley debería entregar. Efectivamente muchas veces los sostenedores no entregan las protecciones adecuadas y no le dan a este tema la prioridad que deben tener”, señaló Aguilar.
Para la comunidad docente, la ley representa la culminación de años de lucha por la dignidad y la seguridad laboral. El éxito de la reforma será medido, en última instancia, por la percepción de los profesores sobre si sus salas de clases se vuelven realmente más seguras y respetuosas.
Asimismo, Mario Aguilar enfatiza que los colegios cumplen un rol fundamental, no solo en la capacitación de los docentes, sino también en el seguimiento y supervisión de la correcta implementación de los nuevos protocolos en todos los establecimientos educacionales.
El rol de la sociedad civil y la comunidad educativa en la convivencia escolar
Organizaciones como Acción Educar y Fundación 2020 han participado en el debate legislativo, ofreciendo sus perspectivas y recomendaciones. Su función es actuar como árbitros y vigilantes, asegurando que la ley no se degrada en su tramitación y que se implementa de manera equitativa.
Organizaciones como Acción Educar y Fundación 2020 han participado activamente en el debate legislativo, aportando perspectivas técnicas y recomendaciones. Su función ha sido actuar como observadores críticos y garantes, velando porque la ley no se debilite durante su tramitación y que su implementación sea equitativa y coherente en todo el sistema educativo.
Asimismo, diversas campañas de concientización y programas de desarrollo socioemocional buscan generar un cambio cultural profundo en estudiantes y familias. Iniciativas como el Programa de Bienestar Socioemocional, piloteado en algunas regiones del país, apuntan a modificar actitudes y conductas desde el interior de las comunidades escolares, como ocurre en la experiencia liderada por Sebastián del Canto, Coordinador Comunal de Convivencia Escolar de la Corporación Educacional de Quinta Normal.
La violencia contra los docentes en Chile ya no puede interpretarse como una suma de episodios aislados, ni reducirse exclusivamente a un problema de convivencia escolar interna. Los testimonios recogidos, los casos emblemáticos —como el del profesor Miguel Niño— y el propio debate legislativo evidencian una crisis estructural que atraviesa a toda la comunidad educativa.
El debilitamiento de la autoridad pedagógica, la normalización del conflicto en las aulas y los vacíos persistentes en prevención, protección y acompañamiento a las víctimas han tensionado el sistema hasta un punto crítico. En este contexto, las iniciativas legales y los nuevos protocolos surgen como respuestas necesarias, pero aún insuficientes, frente a un fenómeno que revela las fisuras profundas de un modelo educativo que no ha logrado resguardar a quienes sostienen el proceso de enseñanza.
En este escenario, el desenlace no se medirá únicamente en proyectos de ley, artículos normativos o comisiones parlamentarias, sino en una pregunta concreta y urgente: si los profesores podrán volver a entrar a una sala de clases sin miedo.
La nueva era de la convivencia escolar en Chile depende de una coalición amplia de actores. El Gobierno y el Congreso han delineado el marco institucional, pero será responsabilidad de los sostenedores, los docentes y la sociedad civil completar el proceso, asegurando que las normas no queden en papel mojado y se traduzcan en cambios reales y sostenibles.
Proteger a los docentes, fortalecer el rol de las familias y reconstruir una cultura de respeto constituye hoy un desafío ético y social impostergable, del cual depende no solo la convivencia escolar, sino la credibilidad misma del sistema educativo chileno.
El rol de la sociedad civil y la comunidad educativa en la convivencia escolar
Organizaciones como Acción Educar y Fundación 2020 han participado activamente en el debate legislativo, aportando perspectivas técnicas y recomendaciones. Su función ha sido actuar como observadores críticos y garantes, velando porque la ley no se debilite durante su tramitación y que su implementación sea equitativa y coherente en todo el sistema educativo.
Asimismo, diversas campañas de concientización y programas de desarrollo socioemocional buscan generar un cambio cultural profundo en estudiantes y familias. Iniciativas como el Programa de Bienestar Socioemocional, piloteado en algunas regiones del país, apuntan a modificar actitudes y conductas desde el interior de las comunidades escolares, como ocurre en la experiencia liderada por Sebastián del Canto, Coordinador Comunal de Convivencia Escolar de la Corporación Educacional de Quinta Normal.
La violencia contra los docentes en Chile ya no puede interpretarse como una suma de episodios aislados, ni reducirse exclusivamente a un problema de convivencia escolar interna. Los testimonios recogidos, los casos emblemáticos —como el del profesor Miguel Niño— y el propio debate legislativo evidencian una crisis estructural que atraviesa a toda la comunidad educativa.
El debilitamiento de la autoridad pedagógica, la normalización del conflicto en las aulas y los vacíos persistentes en prevención, protección y acompañamiento a las víctimas han tensionado el sistema hasta un punto crítico. En este contexto, las iniciativas legales y los nuevos protocolos surgen como respuestas necesarias, pero aún insuficientes, frente a un fenómeno que revela las fisuras profundas de un modelo educativo que no ha logrado resguardar a quienes sostienen el proceso de enseñanza.
En este escenario, el desenlace no se medirá únicamente en proyectos de ley, artículos normativos o comisiones parlamentarias, sino en una pregunta concreta y urgente: si los profesores podrán volver a entrar a una sala de clases sin miedo.
La nueva era de la convivencia escolar en Chile depende de una coalición amplia de actores. El Gobierno y el Congreso han delineado el marco institucional, pero será responsabilidad de los sostenedores, los docentes y la sociedad civil completar el proceso, asegurando que las normas no queden en papel mojado y se traduzcan en cambios reales y sostenibles.
Proteger a los docentes, fortalecer el rol de las familias y reconstruir una cultura de respeto constituye hoy un desafío ético y social impostergable, del cual depende no solo la convivencia escolar, sino la credibilidad misma del sistema educativo chileno.